
El barón de Duglemois descansaba plácidamente en su palacete en su sala repleta de trofeos de caza...estaba aquel corzo que cazó en Champognettes usando tan sólo un cuchillo para pescado, aquella águila derribada de un certero saetazo en Cornouvelle en mitad de la nevada más dura de todo el invierno, incluso una de las piezas que habían valido al maestro taxidermista la confianza del barón, los doce zorros que cazó una tarde de otoño hacía ya cinco años en Britagnes en una pieza única en que los doce habían sido inmortalizados (o mortalizados, la ironía es uno de los juegos favoritos de las palabras) en plena persecución por los dos perros de caza del barón que cometieron el error de ser lo suficientemente buenos como para ser recordados por siempre junto a los zorros disecados.
Pero la pieza que más intrigaba al barón era aquel enorme bicho que se apoyaba en su peana con extraña tranquilidad...al parecer procedía de tierras salvajes y exóticas...y allí estaba en su alcoba haciendo tambalearse todo el equilibrio que había en el resto de sus trofeos...
Maldita sea...tenía que inventarse una buena historia para aquella bestia, mejor incluso que la de los zorros...y no sería nada fácil.





